domingo, 21 de mayo de 2017

Relato de un día común.


     ¿En qué momento dejas de sentir? ¿En qué momento deja de doler? ¿En qué punto de la vida la indiferencia se posiciona como un sentimiento permanente?

     Voy caminando por las calles de Caracas, el ambiente siempre tenso, siempre alerta y con un toque amargura, donde los pensamientos que pasan por las mentes se resumen un plato de comida, en un alma dolida, simplemente es eso, no nos da para pensar un poco más.

     Voy caminando por las calles de Caracas, buscando una sonrisa inocente, buscando un niño que cante, buscando a personas risueñas, buscando a alguien que pare de hablar y comience a actuar, pero solo hay rostros largos que olvidaron como vivir.

     Personas tristes, con semblantes decaídos, con la piel pegada a los huesos, con corazones rotos, llenos de vacío; que huyen en una calada, en una fiesta, o en un amor que no es correspondido. Personas tristes encadenadas en los afanes de la tierra, en las cosas materiales, las felicidades temporales que al final no valen nada.

     Personas tristes que por andar buscando “vida” terminaron hallando muerte, muerte a su alma, a su espíritu y a sus sueños, gente que le cedió su vida a la indiferencia y a las ganas de no progresar, que rechazaron sus sueños por tener un tipo de estabilidad.

     Voy caminado por las calles de Caracas, buscando un nuevo lugar, buscando belleza en el caos, buscando algo que me ayude a seguir adelante, que me llene de esperanza, de fuerza y un poco más de fe.

     Cambiar  duele, crecer duele, en la vida me veré sometida a cambios, dolorosos, pero si amamos a pesar de que sabemos que podría salir mal, por qué debería dejar de cambiar, dejar de soñar, dejar de vivir.

     Voy caminando por las calles de Caracas, buscando una buena foto, un lindo verso o algo que me dé un descanso, y lo hallo, casi siempre lo hallo.
He allí un árbol, un simple árbol que a pesar de las circunstancias que estén a su alrededor esta brotado de flores, lleno de color, abrazando la vida entre sus ramas, resplandeciente, con un tronco ancho y bien anclado al suelo.

     Un árbol que tiene más años de vida que yo, que ha visto pasar generación tras generación. Un árbol que puede que esté lleno de anécdotas y posea una historia favorita, un árbol que ha vivido cambios climáticos favorables y desfavorables, un árbol que en algún momento se pudo haber sentido ahogado en medio del humo, un árbol que tal vez se ha sentido solo, y de poco valor. Pero allí estaba, mostrando un año más sus brazos llenos de flores, su piel llena de cicatrices de tanto crecer, imagino que agradecido de tener un día más de vida, pensando cuantas personas disfrutaran de su belleza.

     Ese árbol ha vivido muchos de los cambios históricos de Venezuela, ha visto caer gobiernos y levantarse nuevos, ha visto muertes, lutos, perdidas y dolores, pero a pesar de todo se encuentra allí como instrumento de amor, de esperanza, para recordar que el tiempo es tiempo y nunca hay que parar de soñar.

     Mi reflexión de hoy, ¿las actitudes frente a las adversidades que pasamos son congruentes  a lo que queremos ser? Te invito. Caminemos un día donde ambos seamos igual, sin ninguna diferencia, donde no haya blanco, negro, religión ni política.

     Vamos a darle sentido a la vida, vamos a ponerle de nuevo los patines a los sueños y las alas a la esperanza.

      Vamos a ser nuestra mejor versión, seamos el cambio que quieres ver.

“mira de cerca al presente que estas construyendo, debería parecerse al futuro que estas soñando”

Alice Walker

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